El agua que me habita: emociones, conexión y la vida después del mar

Lo que aprendí de mis aguas y del mar

Siempre me he considerado una persona muy emocional.

Durante años sentí que mi sensibilidad era “demasiado”, que mis emociones a veces me desbordaban o me hacían sentir fuera de control.
No entendía por qué vivía las cosas tan intensamente, hasta que empecé a escuchar al agua.

Durante mi amplia búsqueda de respuestas, comencé a comprender la relación entre el agua de mi cuerpo y mis emociones. Nuestro cuerpo tiene más de un 70 % de agua (puede variar según la edad, el sexo y el estado físico), y esa cifra empezó a tener un sentido completamente nuevo para mí.

Cuando comencé a trabajar con los cuencos del Himalaya, experimenté cómo el sonido y la vibración influían directamente en mí. Era como si esas frecuencias armonizaran el agua dentro de mí, devolviéndome a un estado de equilibrio natural. Pude sentir cómo mis emociones cambiaban, cómo la calma llegaba y cómo mi cuerpo encontraba su propio ritmo natural.
Era como si el agua dentro de mí respondiera a la vibración de los cuencos.

También estuve estudiando sobre los cinco altares que nos habitan —los elementos que nos componen—: tierra, fuego, agua, aire y éter. Y ahí comprendí algo profundo: las emociones son agua.

El agua representa lo que fluye, lo que sentimos, lo que a veces desborda. Las lágrimas son la expresión más pura y humana de nuestras emociones. Comprender esto me permitió liberar y expresar todas mis lágrimas pendientes desde un lugar seguro y consciente.

🤿 El punto fuerte llegó cuando me sumergí por primera vez, comprendí cómo nuestro agua interna se conecta con el agua externa del planeta.

Nuestro planeta, de hecho, está cubierto en su superficie por aproximadamente un 71 % de agua.

🔝 Me flipa pensar la fuerte conexión en los porcentajes de agua presentes: el 60 % (o más) de nuestro cuerpo, ese 71 % de nuestro mundo es agua y NUESTRO CEREBRO contiene entre 73% y 75% de agua.

El mar siempre fue un lugar de conexión profunda entre Gonzalo y yo. Él era un surfista experimentado, alguien que entendía la fuerza y la serenidad del océano. Compartíamos ese amor por el agua, esa sensación de hogar cada vez que nos sumergíamos.

Cuando él murió en el mar, lejos de sentir que el agua me lo arrebataba, sentí todo lo contrario. Una mezcla entre Paz y Alegría…
Los días siguientes a su partida, cuando entré al agua, lo sentí ahí.
Sentí su presencia como un abrazo líquido, cálido, envolvente.
Era como si, a través del agua, él siguiera conmigo.

Es como si todo estuviera conectado. Un plan perfecto.

El mar me ha enseñado que el agua no solo limpia el cuerpo, sino también la mente y el alma. Que nuestras emociones, como las olas, pueden ser intensas, suaves o profundas, pero todas forman parte de ese océano interior que somos.

El agua me recuerda que todo fluye, que nada permanece quieto, que incluso el dolor puede transformarse en amor, en calma, en comprensión.

Hoy ya no veo mi sensibilidad como una debilidad. La veo como una fortaleza, una puerta abierta hacia una conexión más profunda con la vida, con el agua y con todo lo que amo.

El agua me ha enseñado que sentir no es hundirse, sino aprender a fluir.

© 2026 All Rights Reserved.

es_ESSpanish