Mi camino no empezó buscando ayudar a otros.
Empezó intentando entenderme a mí.
Intentando entender para qué, teniendo aparentemente una buena vida, había algo dentro de mí que no estaba bien. Algo que no terminaba de encajar.
En 2012 me diagnosticaron depresión.
Y aunque en ese momento sentí que todo se rompía, hoy sé que fue una de las cosas que más me obligó a ser honesta conmigo misma.
Recuerdo sentir que la respuesta no estaba únicamente en medicarme o tapar lo que estaba pasando. Sentía que tenía que entender qué había dentro de mí que me había llevado hasta ahí.
Y ahí empezó todo.
Empecé a mirar hacia dentro de verdad.
A cuestionar decisiones, relaciones, patrones y formas de vivir que había normalizado.
Dejé mi trabajo corporativo.
Viajé sola.
Me expuse a miedos que llevaba años evitando.
Uno de ellos era el mar.
Y lo que empezó como miedo terminó convirtiéndose en una de mis mayores maestras, hasta el punto de convertirme en Dive Master.
Pero la vida siguió llevándome más profundo.
Fui madre de dos hijas.
Viví relaciones intensas.
Atravesé momentos muy luminosos y otros muy oscuros.
Y en 2023, la muerte de mi pareja volvió a remover absolutamente todo lo que creía haber aprendido o integrado.
Fue uno de los momentos más duros de mi vida.
Y también uno de los más reveladores.
Me llevó todavía más adentro.
A un lugar donde ya no podía seguir sosteniendo ciertas historias sobre mí.
A un lugar donde tuve que volver a mirar de frente muchas verdades incómodas.
Y ahí apareció algo que he visto repetirse una y otra vez en mi vida:
muchas veces sabemos perfectamente lo que necesitamos hacer…
y aun así no lo hacemos.
No por falta de información.
No por falta de herramientas.
Sino porque hay partes de nosotros que siguen resistiéndose.
Que siguen teniendo miedo.
Que prefieren quedarse en lo conocido, aunque duela.
Incluso en procesos recientes he vuelto a vivirlo.
Sabía que el ejercicio físico era algo que me ayudaba profundamente.
Ya lo había comprobado años atrás.
Y aun así hubo momentos en los que no conseguía hacerlo.
Y eso me enseñó algo enorme:
el autoconocimiento real no consiste en acumular más respuestas.
Consiste en dejar de evitar.
En mirar de frente.
En sostenerte en la incomodidad sin huir.
Hoy acompaño a otras personas desde ese lugar.
No desde la perfección.
No desde haber llegado a ninguna meta espiritual.
No desde la teoría.
Sino desde haber vivido muchos procesos de pérdida, cambio, miedo, amor, ruptura y reconstrucción.
Y seguir haciéndolo.
Porque para mí esto no va de convertirte en alguien nuevo.
Va de quitar capas.
Va de dejar de engañarte.
Va de vivir una vida más honesta, más libre y más real.
Mi gran pasión es dar para recibir.
Cada vez que acompaño alguien siento que estoy acompañando una parte de mi
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